
Podría decirse que el símbolo es el producto más especial de la inteligencia. El ser humano prehistórico que plasmó su inteligencia lingüística en la pared de las cavernas, lo hizo por medio de símbolos, antes que palabras. El humano es, por tanto, homo simbolicus a la vez que homo sapiens, como apunta el filósofo Eugenio Trías. Trías se dedicó a descifrar el fenómeno del símbolo como medio de interpretar la parte de la realidad que no somos capaces de explicar en términos racionales y lógicos. Él partió de la pregunta: ¿Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo?
Los símbolos nos han servido siempre para expresar y comunicar aquella porción de nuestra experiencia vital que se escapa a la sensorialidad y al raciocinio. El excedente, el remanente, todo aquello que percibimos, experimentamos y sentimos pero no podemos articular en palabras. El símbolo es un paso más que la metáfora o la analogía; porque, en él, una parte del significado de lo que se quiere simbolizar sigue quedando oculto, misterioso, inaccesible. El símbolo nunca termina por desvelar todo lo que contiene. “El horizonte representa el infinito” es un ejemplo, “la gravedad representa la atracción”, “el sol representa la verdad”, “el cielo representa la trascendencia a otra vida” o “un gesto de una madre a su hijo/a representan el amor”. Esas son siempre las dos partes del símbolo, la simbolizante y la simbolizada. La imagen y lo que se quiere desvelar con ella (etimología: symballein es unir; diabollein es disociar).
El arte por un lado y la religión por otro han sido siempre los principales dibujantes del lenguaje simbólico. Precisamente porque querían mostrar esa parte de la realidad del mundo que escapa a nuestro “logos” y que se percibe por vía indirecta cuando el “testigo” visualiza el símbolo. Así pues, el símbolo, al igual que el lenguaje racional, no sólo transmite conocimiento, sino que también desencadena procesos cognitivos y emocionales que pueden dar lugar a un giro en el comportamiento (ethos) del testigo. Pensemos en cuántas obras de arte (música, pintura, escultura, literatura) o símbolos religiosos (señas, iconos, ceremonias, imágenes, tradiciones, fábulas) han tenido efectos conductuales masivos —ciertamente catastróficos cuando el símbolo se ha interpretado de forma literal o equivocada—. El símbolo es, por tanto, un lenguaje muy poderoso. Bello por su simplicidad, complejo por la parte de verdad que nunca revela.
Pero el lenguaje simbólico también evoluciona, igual que el lenguaje lógico (logos racional). A medida que el conocimiento humano se expande por vía empírica, el lenguaje lógico es capaz de describir una porción mayor de la experiencia vital (el pensamiento mágico se repliega). Asimismo, los símbolos utilizados por el arte y la religión también evolucionan a formas más sofisticadas que puedan ajustarse a expresar mejor el “excedente mistérico” que se nos sigue escapando. Visualicemos el buey rojo pintado al fresco en la cueva de Altamira y la Capilla Sixtina de Miguel Ángel. Una notoria evolución de 100.000 años en el lenguaje simbólico por representación pictórica. ¿Se descubre la misma evolución en la simbología religiosa?
Analicemos el símbolo religioso por excelencia: el momento de la revelación divina. Cada relato religioso que ha pervivido, inscribe el “acontecimiento místico” o la “cita” entre el testigo y lo sagrado. Con su espacio, tiempo y testigo particulares.
Moisés oyó la voz salir de la Zarza Ardiente:
Entonces Moisés dijo: Iré yo ahora y veré esta grande visión, por qué causa la zarza no se quema. (…) lo llamó Dios de en medio de la zarza, y dijo: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí. Y dijo: No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es. Y dijo: Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob. Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios. (Éx 3:2–6)
Jesús sintió la paloma del Espíritu entrar en su cuerpo:
Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia. (Mt 3:16–17)
Mahoma leyó los versos sagrados:
Cuando Muhammad llegó a la edad de los cuarenta, ya se encontraba preparado para llevar a cabo la misión profética universal y celestial (…) cuando se encontraba en el Monte Hirâ, repentinamente el Ángel de la Revelación [Gabriel] se le apareció y dijo: “¡Lee!…” Muhammad instintivamente contestó: “¿Qué he de leer?” Sumergiéndose en un extraño estado. Nuevamente se dejó escuchar una voz que claramente le decía: “¡Lee! ¡Oh, Muhammad!” “¡Lee!» (Iqra) En el nombre de tu Señor, Quien creó todas las cosas”. (Sura Al-‘Alaq, 96:1 a 5)
El persa Bahá’u’lláh, fundador del bahaísmo, recitó con su lengua e inscribió con su pluma lo revelado:
Cierta noche, en un sueño, se escucharon por doquier estas exaltadas palabras: “Verdaderamente, nosotros te haremos victorioso por ti mismo y por tu pluma. No te aflijas por lo que te ha acontecido ni temas porque tú estás a salvo.
(…) Durante los días que pasé en la prisión de Teherán, a pesar de que el mortificante peso de las cadenas y la atmósfera hedionda me permitían sólo un poco de sueño, aun en aquellos infrecuentes momentos de adormecimiento, sentía como si desde la corona de mi cabeza fluyera algo sobre mi pecho, como un poderoso torrente que se precipitara sobre la tierra desde la cumbre de una gran montaña. A consecuencia de ello, cada miembro de mi cuerpo se encendía. En esos momentos, mi lengua recitaba lo que ningún hombre soportaría oír.
En cada uno de estos casos hay una metonimia, una representación sensorial (de los receptores físicos) que describen el momento. Aunque en cada relato se utilizan diversos símbolos sensoriales (vista, oído, tacto), se puede identificar un receptor principal en cada ocasión. Podría decirse que en cada relato religioso se utiliza una experiencia sensorial más compleja y, a la vez, se recogen las anteriores. Así, el oído, que es la vía por la cual Moisés recibe el mensaje, es el más primario de los sentidos, el primero que desarrolla el ser humano en la vida intrauterina. Él se cubre los ojos, pues no está preparado para ver el misterio. Para Jesús, la revelación llega en forma de paloma (encarnación del espíritu santo) que entra en contacto con su cuerpo mientras se produce su bautismo en el río Jordán. Luego, Mahoma, cuando se halla recluido en la cueva, siente (oye) que el arcángel Gabriel le exhorta: Lee. Y así, él recibe la revelación por medio de la vista cuando lee el decreto divino que ha sido escrito.
Más adelante, nos situamos en el ecuador del siglo XIX —siglo de la ciencia, de la razón crítica— habiendo traspasado el lenguaje lógico las fronteras que lo habían restringido hasta entonces. Una época que marcaba la madurez en términos cognitivos y en la que se habían relegado los antiguos símbolos que representaban el remanente experiencial. Se propiciaba, por tanto, un símbolo que remitiera a esta evolución y madurez del conocimiento. Y, a la vez, significase una revelación del misterio remanente (que no puede expresarse en lenguaje).
Tales iconos simbólicos son la lengua o la pluma entendidas como los medios de expresión humana. Estos dos son utilizados en los escritos de Bahá’u’lláh en proporción igual a los precedentes (oído, vista, tacto). Estos dos iconos simbolizan una síntesis. Una re-unión entre la experiencia sensorial y el misterio remanente; entre la expresión racional y la revelación emocional (mística), como medios de la experiencia humana. Y, con ello, se produce, de esta forma, un salto evolutivo más en el lenguaje simbólico entendido como inteligencia. •
POR DARÍO ARJOMANDI, INVESTIGADOR EN ESADEGEO Y EN EL GLOBAL GOVERNANCE FORUM