
Así llevamos veinticinco siglos en la cultura occidental. Invertimos el tiempo de las mentes más preclaras en el campo de la filosofía. Creamos especialidades de las ciencias de la salud, como la psicología, la neurociencia o la psiquiatría. Inventamos nuevas tecnologías para que la inteligencia artificial nos allane el camino. Avanzamos en el descubrimiento del universo como hasta la fecha nunca había ocurrido. Aprovechamos la globalización para lograr un sincretismo artificial con culturas orientales, a través del mindfulness. Vivimos en una cultura cuyo enfatizado presente neurótico apenas es aprehensible virtualmente. En la que los conceptos de ser, existir, verdad y realidad no importan; en la que no somos, tan solo aparentamos ser. Sin tiempo para pensar o contemplar. Con nuestra humanidad laminada por el acontecer, analógico y virtual.
Continuamos en su búsqueda, antes, durante y después. Quizás esta búsqueda sea la que nos define como especie. Quizás sea el supremo bien al que podamos aspirar en esta existencia vital. En caso contrario, por qué tanta insistencia en su búsqueda.
Dos ideas basales hemos podido extraer de los albores del pensamiento occidental sobre la felicidad. La primera, que el camino a la felicidad es un camino individual, plagado de decisiones y argumentos profunda y esencialmente subjetivos y relativos. Nuestra felicidad no tiene por qué convertirse en la felicidad del otro. No es contagiosa ni extrapolable. La segunda, que la serenidad del ánimo, la paz interior, la ataraxia, tienen un vínculo muy estrecho con la felicidad. Si consiguiéramos semejante estado de paz y serenidad, física y mental, podríamos alcanzar la felicidad.
Tal es el planteamiento en Occidente. Nuestro punto de partida. Los caminos, sin embargo, para alcanzar este pacífico estado –y, por tanto, la felicidad–, divergen profundamente, desde la antigüedad hasta la filosofía más contemporánea. Dicho muy resumidamente, desde la filosofía helenística se bifurca el camino ético hacia la felicidad en dos opciones, la vía de la pasión y la vía de la razón.
Volvamos al inicio del camino, al punto en que se produce la bifurcación en la historia de nuestro pensamiento. A Atenas, al Jardín de Epicuro, desde donde se propugna una ética hedonista, pero matizada. A la serenidad de ánimo se llega a través de la pasión mesurada por la prudencia. El mayor placer epicúreo es la ausencia reposada de dolor. La senda escogida por la ética epicúrea es conscientemente antisocial. La convivencia y la evidente interrelación personal se circunscribirá a aquellos que coinciden con nuestra visión, nuestros amigos. Un camino íntimo y solitario.
La otra vía, la de la razón, parece aún más escarpada y apta únicamente para seres humanos perfectos, excelsos y excepcionales. Nos trasladamos a la Stoa, escuela estoica. Allí veremos cómo la naturaleza (lógos) es principio y fundamento de legalidad de todas las cosas, cuyas normas hay que seguir para actuar moralmente, o conforme a la naturaleza. El aliento racional divino insufla la normatividad teleológica del lógos en el individuo. Una vida conforme a la legalidad de la naturaleza es una vida virtuosa y feliz. Las pasiones, como pulsiones irracionales, no tienen cabida en tal senda, por lo que tienen que ser, simple y llanamente, erradicadas –apatheia–. El único camino hacia la serena felicidad es a través de la firme senda de la razón, guiados por la divina racionalidad que dirige nuestro destino, individual y comunitario.
Ni tan siquiera Platón llegó a ser tan antiintuitivo. Su ética nos dibuja metafóricamente la virtud como si fuera un jarro de agua-miel. Razón aderezada con pasión, mesura, verdad y belleza. Un camino ideal. Su discípulo Aristóteles, apartado de la trascendencia de su maestro, señaló una senda intermedia hacia la felicidad: la eudaimonía. La felicidad se alcanza mediante una vida virtuosa y dirigida hacia nuestra mejor versión. El entendimiento entregado al cálculo del justo equilibrio entre pasión y razón. Virtud dirigida a la perfección individual y colectiva.
La senda intelectualista de la razón práctica prendió en el alma cultural de Occidente. Era, quizás, de entre los dos caminos, el más escarpado, el más exigente, pero el que a nuestro entender nos llevaba más alto y más lejos. El neoplatonismo fusionó las doctrinas platónicas, estoicas y un lejano intelectualismo aristotelismo; con un cierto misticismo religioso. Cristaliza en el pensar individual y colectivo el dualismo platónico, que asocia la pasión al cuerpo y la razón al alma; ensalzando y priorizando siempre el último par. Esa disección del ser humano ha lastrado el pensamiento occidental y entorpecido seriamente la búsqueda de la felicidad. A un punto de partida profundamente individualista hemos añadido la confrontación entre razón y pasión –sin apenas tregua–. Una batalla secular que relega la serenidad, la paz y, por tanto, la felicidad, a otras dimensiones más trascendentes del ser. Un camino supraterrenal.
Más allá de tantas sendas, la de la pasión, la razón, la perfección, la del misticismo, encontramos el miedo. El miedo a no alcanzar nuestra felicidad o a perderla. Ahí, nos hundimos en la vacuidad de la frustración, hedonismo salvaje, nihilismo y desesperanza. Cuerpo y alma asustados se convierten así en cárceles terrenales de vacío existencial. Un pozo profundo y vacuo.
Pero, incluso desde la oscuridad seguimos buscando la felicidad. Deberíamos volver al punto de partida, reelegir nuestro camino, desde los rescoldos de humanidad; en torno a la hoguera confeccionada con madera de tiempo, consumiendo oxígeno de razón y con la chispa de la pasión. •
POR CARMEN ROCÍO RAMÍREZ BERNAL, DOCTORA EN DERECHO Y ESTUDIANTE DE FILOFOFÍA.