Georges sopla fuerte

No hacía mucho tiempo que habíamos llegado a la República Dominicana, formando parte de un proyecto de la Unión Europea que financiaba la ayuda al programa nacional de prevención a la infección por el virus de la inmunodeficiencia humana. Después de pasar unos meses en un pequeño hotel muy agradable de Santo Domingo, habíamos encontrado un apartamento en la calle Santiago, cerca de la ciudad universitaria, no muy alejado del trabajo. Más tarde, nos dimos cuenta de que durante el día aquella calle era muy ruidosa y acabamos marchando a un barrio más tranquilo, cerca del parque del Malecón.

Hacía pocos días que me había quedado solo. Me levantaba pronto e iba caminando al despacho. El paseo era agradable: casas antiguas, torres coloniales y mucha vegetación. Almorzaba en el mismo barrio en pequeños restaurantes familiares, improvisados sobre las aceras y donde comía un arroz excelente, más los exquisitos plátanos maduros y los frijoles inevitables. Nunca olvidaba pedir que me sirvieran un poco de “concón”, el delicioso arroz requemado, pegado en el fondo de la olla.

Estábamos a finales de verano y, en esas latitudes, eso quiere decir época de ciclones. Sin falta, un día (22 septiembre) llegó Georges. Pocas horas antes, ya nos habían avisado de que sería un día agitado. El viento empezó a soplar cada vez con más fuerza, acompañado con trombas de agua que caían casi en horizontal y se metían entre las rendijas de las ventanas. A pesar de que todo estaba cerrado, el piso se iba llenando de agua. Yo observaba desde la cocina como los árboles en el patio interior iban cayendo uno tras otro con mucho escándalo. Era todo un espectáculo ver a los elementos desencadenados: los rayos, el agua, el viento, los truenos…, pero yo con los pies mojados me sentía seguro en casa. Lindando con la cocina había una pequeña cámara, abierta también al patio, donde guardábamos trastos y tendíamos la ropa mojada. Desde la cocina escuché un ruido de descargas eléctricas. Fui a revisar los contadores instalados en el trastero y, de repente, un golpe de viento cerró la puerta con tal fuerza que quedó clavada en el marco. Imposible abrirla. ¿Y ahora qué hago? Llamé a los vecinos, pero con el ruido de la tempestad no me oía nadie. “Tómatelo con calma”, pensé. Me senté encima de un montón de ropa que descolgué. Las chispas continuaban. “Me quedaré atrapado como un ratón y de aquí he de salir como sea”. Rompí una pata de la tabla de planchar y empecé a picar alrededor del pestillo con el extremo cortante. Al cabo de unas horas conseguí que cayera y pude abrir la puerta. Estaba exhausto y con las manos con la piel arrancada. Había dos dedos de agua en el suelo y me fui de cabeza a la cama.

Hacía días que leía un libro que recogía los artículos de erudición gramatical de F. Lázaro Carreter (El dardo en la palabra, Galaxia Gutenberg, 1997). Son textos que aclaran palabras y explican el mal uso constante que hacemos de ellas. Escritos con conocimiento y humor, me habían entusiasmado tanto que aprovechando una visita a Madrid fui a la Real Academia para que su autor me dedicara el libro. Luego, ya en cama, intentaba ignorar la meteorología y pensaba que leyendo el buen uso de las palabras me dormiría fácilmente. Aquí añado una pequeña muestra de las palabras comentadas:

Y/o. Si esta sandez progresa, dispongámonos a asistir a una merienda en la que nuestra anfitriona nos pregunte: “¿Quiere usted chocolate y/o leche”?

Contemplar. No parece excesivo que procuradores, consejeros, munícipes, letrados y periodistas expulsen de su lenguaje la acepción comentada del verbo contemplar. Lo que pretenden decir lo dicen mejor otras palabras españolas: considerar, atender, prever, tener en consideración… Su fértil conocimiento del idioma les proporcionará substitutos cómodos de este contemplar, que en español se presenta con adherencias semánticas de quietismo, permanencia, inmovilidad, estancamiento y paralización.

Postgraduado. ¿Quién diría que, bajo esta palabra con puro pedigrí latino yace un anglicismo de pura cepa? Y es que, como suele decirse sabiamente, donde menos te piensas salta la liebre.

Tema. Hay que pensar a veces si será responsable un aceite adulterado de ciertos sarpullidos atípicos que le salen al idioma… Tema viene a ser palabra tan vacía como algo muy parecido a lo que llamamos los gramáticos una proforma. Hablar con proformas implica una grave disminución mental; es síntoma de pereza o puerilidad. Ambas cosas, paradójicamente unidas con una fuerte dosis de pedantería y esclavitud a la moda, explican el triunfo de este vulgarismo que infecta hoy la parla de miles de españoles.

Posicionamiento. Procede del inglés, que significa asumir o mantener una actitud… Como todos los anglicismos, están al servicio de unas mentes ya domesticadas por cualquier business school para practicar la free enterprise economy.

Obsoleto. Gozo difícilmente evitable el del neologismo: permite el realce sobre lo común, distingue en el coro, condecora de culto. ¿Qué ha ocurrido para esta resurrección del vocablo exánime y vagabundo? Sencillamente, que clientes habituales del gran supermercado norteamericano así lo han descubierto, y se han quedadosubyugados…

Imposible dormirme ante tanta sabiduría y divertimento. Me tomé un somnífero y apagué la luz. A la mañana siguiente, el viento se había calmado y pasé el día sacando agua y secando humedades. Se había declarado el toque de queda para evitar robos y asaltos: cuando las luces se apagan, las fieras salen del escondite… •

 

POR JAUME E. OLLÉ GOIG, MÉDICO. PRESIDENTE DE LA ASOCIACIÓN PARA EL CONTROL DE LA TUBERCULOSIS EN EL TERCER MUNDO (ACTMON)

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