¿Gobierna China una “dinastía orgánica”?

En el naciente nuevo orden —algunos lo llaman desorden— mundial, Estados Unidos pierde peso como potencia hegemónica mientras la emergente China atrae la atención, las miradas y las expectativas —es decir los intereses— de una Europa que empieza a sentir el frío de la orfandad y trata de no perder pie. Aunque cada vez más conocido, el gran país de Oriente sigue siendo misterioso. ¿Quién y cómo manda en la comunista China? El sinólogo Xulio Ríos, profundo conocedor de la historia, la política y la sociedad china, ha desarrollado para explicarlo el concepto de “dinastía orgánica”. Aquí nos lo cuenta.

En una tribuna que publiqué en el diario El País en 2014 apuntaba ya el concepto de dinastía orgánica como metáfora conceptual del ejercicio del poder por parte del Partido Comunista de China (PCCh) a partir del afán institucionalizador del denguismo (de Deng Xiao Ping), con especial proyección en el problema de la sucesión y sus reglas, expresando una organicidad compleja que demandaba nuevos enfoques adaptados.

Este planteamiento de definir al PCCh como una dinastía orgánica intenta reinterpretar su papel como élite gobernante a la luz de la larga tradición política china. El concepto evoca la idea de una continuidad en la supremacía política del PCCh similar a la de las dinastías chinas clásicas, concibiéndose como una entidad central que organiza, dirige y legitima el poder político, social y cultural. La forma de gobierno que lidera el PCCh, aunque no basada efectivamente en un linaje hereditario, sí aspira a una perennidad institucionalizada que se adapta a cambios internos y externos para preservar su hegemonía.

También Zheng Yongnian en The Chinese Communist Party as Organizational Emperor (2009) ha desarrollado una idea annáloga, señalando al PCCh como “emperador organizativo”, un organismo que ejerce un poder centralizado similar al del emperador en las dinastías tradicionales, pero desde una lógica de partido moderno. Aunque no emplea literalmente la expresión dinastía orgánica, comparte la idea de que el PCCh encarna una cierta forma de hegemonía política que evoca patrones históricos chinos.

Esa legitimación cultural de la hegemonía del PCCh debe insinuarse también al referirnos a la sinización del marxismo como expresión de la fusión por parte del PCCh de ideologías importadas con los valores culturales chinos (historia, nacionalismo, tradición estatal) para sostener su legitimidad. En efecto, el PCCh integra patrones culturales específicos que refuerzan el sentido de continuidad.

Similitudes y divergencias con las dinastías clásicas chinas

En el ámbito de la legitimidad —asunto sustancial al rechazar las fórmulas liberales de perennidad con base en la alternancia electoral—, en las dinastías clásicas, la tradición ancestral del Mandato del Cielo se traduce ahora como legitimidad basada en resultados y en una narrativa de rejuvenecimiento nacional asociada a la modernización y el avance en todos los planos.

Por otra parte, en materia de sucesión, hereditaria en las dinastías clásicas con la alternativa de la guerra civil entre clanes, deriva en la orgánica del PCCh en un mecanismo interno de sucesión que debe ser el resultado de un consenso entre las élites. Si algo ha enseñado la historia reciente a los dirigentes chinos es que la supervivencia de la actual “dinastía” depende de su capacidad de adaptación, de la conjura de la división interna y de la preservación de una estabilidad asociada a una relación progresivamente normalizada con la sociedad. Aunque Xi Jinping plantee una exhibición más ostentosa de la autoridad como primus supra pares, a la postre no podrá sustraerse de la demanda de consenso, pues este es un componente esencial de la estabilidad.

En cierto modo, el desarrollo de la historia en China siempre se ha asociado a la figura —y al riesgo— de un personaje central. Nunca ha habido un período en que no exista la contingencia de un hombre clave, ha recordado George Yeo, exministro de Asuntos Exteriores de Singapur. Pero también hay sabiduría acumulada en sus propias experiencias históricas. Y en este sentido es amplia la convicción de que la forma de elegir líderes no es mediante el voto. Y si es mediante el voto, debe ser a través de un colegio de representantes electos, no por sufragio universal. Por eso entre los principales desafíos de China hoy no figura la sucesión, aunque esto no signifique que sea un problema fácil de resolver cuando Xi Jinping, a las puertas del XXI Congreso del PCCh (2027), aspira a un cuarto mandato.

En el ámbito de la cultura política, la fuerza de la tradición del confucianismo y el mandarinato burocrático se relativizaría con el eclecticismo ideológico contemporáneo del PCCh, cuyo componente esencial es la sinización del marxismo como mezcla de tradicionalismo y modernización. Si las dinastías clásicas usaban rituales ancestrales y autoridad religiosa para legitimar su posición, el PCCh cooptó ciertos símbolos culturales, pero también ha transformado y condicionado reinterpretaciones para acomodarlas oportunamente a su ideario e intenciones. En cuestión de ideales, la apelación al orden, la armonía, la estabilidad, etc., tiene su correlativo contemporáneo en la defensa del orden, la estabilidad social y el desarrollo económico y progreso continuos, constantes de su acción de gobierno.

Por último, en la relación con la sociedad, si el sistema burocrático clásico operaba a través de la integración de las élites ilustradas, en la dinastía orgánica el sistema alarga su alcance integrando no solo las élites sino también a los tecnócratas y a los sectores sociales emergentes. El concepto de la “triple representatividad” de Jiang Zemin, líder chino entre 1989 y 2002, simbolizaría un paso importante en esta dirección proporcionando un soporte teórico nada despreciable. Si bien ambos modelos muestran un paralelismo funcional, también articulan una élite dirigente con gran sentido de continuidad, adaptabilidad y legitimación cultural/espiritual.

Retos principales de la perennidad

Aunque la metáfora conceptual de la dinastía orgánica evoca una continuidad histórico-cultural, el PCCh enfrenta retos estructurales que históricamente también han acabado con las dinastías chinas. Las dinastías clásicas perdían el Mandato del Cielo en contextos de crisis profundas. Hoy el PCCh debe sostener su legitimidad evitándolas, prestando especial atención al rendimiento socioeconómico y a la estabilidad política en un entorno global acusadamente competitivo.

Regresando de nuevo al delicado capítulo de la sucesión, si las monarquías antiguas se veían abocadas a crisis de este tipo y el PCCh ha generado mecanismos de sucesión institucionalizados para mitigarlas, ello coexiste con la tendencia hacia concentraciones personales de poder (como bajo Xi Jinping), lo cual puede generar tensiones internas.

Por otra parte, las dinastías colapsaron por la acumulación de brechas significativas entre élites y población. El PCCh necesita evitar grandes fracturas sociales, económicas o culturales internas que pongan en cuestión la cohesión del sistema. Un factor históricamente clave es la corrupción. La historia financiera de las dinastías chinas nos dice que “cuando una dinastía es nueva, los impuestos son bajos, pero el tesoro está lleno. Al final de una dinastía, los impuestos son abrumadores, pero las arcas están vacías”.

La corrupción siempre ha sido uno de los mayores problemas de la sociedad china. Y no es fácil de erradicar porque está ligada al pensamiento confuciano, que exige que hagamos distinciones en las relaciones: entre marido y mujer, entre gobernante y ministro, entre emperador y pueblo, entre hermanos, amigos, parientes, amigos, desconocidos… Si al margen de Confucio no se puede mantener unida a la sociedad china, este de la corrupción es un efecto secundario inevitable de las relaciones, un subproducto de la cultura y, por lo cual, algo profundo y difícil de superar. Por lo tanto, requiere una lucha continua.

Complementario, pero no menos importante, es el hecho de que las dinastías clásicas operaban en gran parte aisladas; hoy, con la globalización, la interdependencia tecnológica y las presiones geopolíticas, las dinámicas externas no tienen precedentes.

Precisiones teóricas

El punto de partida inevitable es el concepto del ciclo dinástico, articulado ya en la historiografía tradicional china y visible en supuestos como la Dinastía Han o la Dinastía Ming. Entre los elementos a considerar, cabe hacer mención de la fundación carismática tras un periodo de caos, la consolidación institucional, el propósito de prosperidad y expansión, o también los fenómenos de corrupción, rigidez institucional, pérdida del Mandato del Cielo y la apoteosis final de crisis y reemplazo.

Como dinastía orgánica, el PCCh podríamos decir que ha sofisticado el Mandato del Cielo al vincularlo con el crecimiento, la estabilidad, o el rejuvenecimiento nacional, pero está por ver que el modelo haya logrado romper el ciclo.

Max Weber, que estudió en profundidad las sociedades asiáticas, nos recuerda que las dinastías clásicas combinaban legitimidad tradicional y carismática. En este sentido, cabe reconocer que el maoísmo fundacional fue claramente carismático. Por el contrario, el periodo denguista post-Mao intentó promover una racionalización institucional (normas de sucesión, límites de mandato, etc). La etapa de Xi Jinping sugiere una re-personalización parcial del poder.

La pregunta clave en este sentido es si el PCCh ha logrado convertir aquel carisma revolucionario en una legitimidad institucional duradera. En caso afirmativo, la evocación dinástica gana fuerza al abrigo de las formulaciones sistémicas de conformar un estado de Derecho convirtiendo la ley en el fundamento contemporáneo de la legitimidad.

El trabajo citado de Zheng Yongnian aporta una clave significativa. El emperador clásico era el vértice de un sistema burocrático. De igual modo, el PCCh es una organización que encarna y reproduce el centro político. No es una familia gobernante, sino una estructura que se autopreserva. Aquí la idea de “orgánico” cobra sentido, es decir, no es linaje, es un organismo.

La cultura política del centralismo meritocrático implementado por una élite seleccionada por exámenes (imperiales antes; partido y tecnocracia ahora) instituye un patrón común del Estado como eje civilizatorio. La comparación entre los exámenes imperiales y el sistema de promoción interna del Partido no es trivial. Ambos funcionan como mecanismos de cooptación y renovación de las élites, actualizando patrones civilizatorios más que pretender sustituirlos.

Si la dinastía clásica caía por rigidez, el PCCh intenta evitarla mediante la adaptabilidad estructural. Esta flexibilidad permite articular un control preventivo de crisis con un atento aprendizaje institucional complementado con el ajuste incremental, hoy facilitado por el auge de tecnologías como la inteligencia artificial. Andrew Nathan nos habla de “autoritarismo resiliente” o “autoritarismo consultivo”.

La integración entre ciudadanos, burocracia y tecnología se enmarca en una visión política más amplia. El presidente Xi Jinping ha revitalizado en los últimos años la “Experiencia de Fengqiao”, un modelo maoísta de resolución de conflictos a nivel local basado en la participación de las comunidades en la gestión del orden social. En agosto de 2025 el Consejo de Estado reiteró que la iniciativa IA+ debe contribuir a un sistema de “cogobernanza pluralista”, en el que humanos y algoritmos colaboren para garantizar la estabilidad. La innovación tecnológica, en este contexto, no representa una ruptura con el pasado, sino que brinda un multiplicador de prácticas de control consolidadas.

Por último, una diferencia estructural clave es la ideología. Las dinastías tradicionales no tenían una ideología sistemática comparable al marxismo-leninismo. El PCCh sí. Pero la “sinización” del marxismo funciona casi como una nueva ortodoxia confuciana, integrando tradición y modernidad.

Conclusión

Interpretar la continuidad adaptativa del PCCh dentro de una cultura política china con larga tradición de hegemonías centralizadas implica retos que van más allá de la tradición cultural y entran en la dinámica global contemporánea.

Las diferencias institucionales y conceptuales con las dinastías históricas son profundas pero se advierte un claro afán de introducir la continuidad como elemento de legitimidad.

El PCCh representa una forma postrevolucionaria de hegemonía que, sin ser dinástica en sentido genealógico, reproduce funciones estructurales equivalentes a las de las dinastías clásicas chinas mediante mecanismos organizativos modernos.

Nos remite al “imperio del Partido” que haciendo valer su condición orgánica adaptada a las condiciones contemporáneas a través del mandarinato virtuoso y la promoción del imperio con la ley como expresión más ajustada de su singularidad como cultura social, ilustra la profunda metamorfosis experimentada por el proyecto revolucionario y emancipador chino desde sus inicios hasta hoy día.

Lejos de ser un anacronismo en una China contemporánea que opera en un sistema internacional radicalmente distinto con dinámicas que ninguna dinastía clásica conoció, el concepto de dinastía orgánica ayuda a leer la continuidad china desde fuera.

Y en la medida en que se consolide como una realidad estructural, más que ante una apropiación selectiva del pasado por parte del poder actual, nos hallamos ante un ejercicio de continuidad civilizatoria profunda. •

 

POR XULIO RÍOS, FUNDADOR DEL OBSERVATORIO DE LA POLITICA CHINA

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