
En el reparto positivista de las parcelas del ser en el siglo XIX las ciencias resultaron muy beneficiadas pues se quedaron con todas las regiones del ente. Ya sin ninguna posibilidad de tratar alguna dimensión de realidad, a la filosofía solo le quedó la propia ciencia como objeto. Su destino fue sobrevivir como teoría de la ciencia. Peor parada resultó la poesía, cuyas sublimes aspiraciones fueron reducidas a simple creación fantástica o, en el mejor de los casos, a mera expresión de los sentimientos subjetivos, sin relevancia cognoscitiva. La palabra poética consistiría entonces en un mero juego carente de seriedad. Solo las ciencias conocen el mundo, solo ellas tienen que ver con la verdad.
La única verdad con la que podría relacionarse la poesía es con la autenticidad: el poeta que emplea sus versos para expresar sentimientos fingidos es inauténtico. Pero ni la poesía aspira al tipo y método de conocimiento de la ciencia, ni la energía que la impulsa es la misma. La mitopoiesis, una de las dos potencias que se dividen el espíritu humano, es la misteriosa fuerza que anima la palabra poética. La racionalidad analítica, conceptual y reflexiva representa la otra mitad del espíritu, la que gobierna la ciencia.
La visión, la intuición, el sentimiento, el sueño o la imaginación creadora forman parte de aquella energía mitopoiética. En 1902, Hofmannsthal resumió esta tesis advirtiendo en su conocida Carta de Lord Chandos que los poetas piensan con el corazón. León Felipe ha revelado que la poesía nació con el primer dolor del corazón, mientras que la filosofía comenzó con el primer juicio del entendimiento. Pero no solo piensa el sentimiento. Pocos años después de esta Carta de Hofmannsthal, Unamuno sostuvo que los grandes pensamientos vienen del corazón. El sentimiento piensa lo más hondo de las cosas, las entrañas que esquivan los conceptos racionales. La palabra poética es el resultado de la integración de lo visionario y lo cordial en una intuición que, valiéndose de imágenes literarias y sobrepasando los conceptos, procura penetrar el sentido de la realidad. Así percibe emocional, inmediata y simbólicamente el dentro de las cosas, como una repentina manifestación de sentido.
El romanticismo sugiere una relación entre el discurso filosófico y el poético bien distinta de la que plantea la posición cientificista. Primero, niega la brecha radical y el antagonismo. Luego, altera la jerarquía cognoscitiva positivista y entiende la poesía como máxima expresión del conocer, la única capaz de representar irreflexivamente el infinito que la racionalidad conceptual (finita) de la filosofía y la ciencia no puede desarrollar. El poeta puede entonces responder de forma simbólica a las preguntas que la filosofía se formula a sí misma y no puede solventar. Finalmente, el giro copernicano ejecutado por los románticos acaba con la consideración de la poesía por parte de Schelling como madre nutriente de la razón filosófica y científica, a la que conduce a la perfección para que después vuelva a ese universal océano poético del que surgió. Tan radical es la visión poética que la filosofía termina volviendo a ella reflexivamente para convertirse en su glosa. Hölderlin sentenció que la poesía es el principio y el fin de la filosofía. El concepto filosófico no puede dejar de referirse a la intuición poética, aunque nunca podrá apresarla, porque su saber visionario y simbólico trasciende las posibilidades intelectuales de aquél.
Asumimos la escisión positivista establecida entre poesía y filosofía, pero rechazamos la negación que defiende del valor cognoscitivo de la poesía que, posteriormente, restituye el romanticismo. No obstante, la comprensión romántica de la poesía como fundamento y conclusión de la filosofía refuta erróneamente aquella separación que consideramos necesario preservar. Ahora bien, esta distinción no supone, como creía Leopardi, una barriera insormontabile ni una discrepancia total e irreconciliable entre poesía y filosofía.
Tanto una como otra son actividades meta-físicas que superan el plano de las superficies de las cosas, o sea, lo que puramente se nos aparece de ellas, lo físico, para luego buscar su esencia, es decir, esas mismas cosas en su perfección, en su mejor poder ser. La filosofía realiza esta operación conceptualmente, y la poesía, intuitiva y simbólicamente. Hay diferencia entre ellas, pero ambas, como distintas aproximaciones a la esencia de las cosas, colaboran en el desvelamiento de esa intimidad de sentido. Filosofía y poesía son complementarias. La palabra poética nos da inmediatamente la intimidad misma de las cosas en su presencia material. Nos presenta la verdad del mundo, pero simbólicamente y, por tanto, oscuramente, necesitada de iluminación reflexiva. Esta es la primera operación de complementación: la poesía reclama a la filosofía que despliegue conceptualmente la verdad simbólica a la que ella ha tenido acceso mediante la visión intuitiva. Por su parte, la palabra filosófica posee la fuerza declarativa del concepto como un método interpretativo, pero le falta la carne del mundo que solo puede ofrecerle de modo simbólico la propia poesía.
La otra cara de la actividad de complementación consiste en que la filosofía le pide a la poesía texto verdadero —y oscuro— necesitado de comentario. El poeta visionario está ciego y desorientado sin la guía del concepto filosófico; privado de intuiciones simbólicas de la poesía, el filósofo está vacío. Como los gemelos Cástor y Pólux, los Dei consentes o Dei complices etruscos, la poesía y la filosofía son tan diferentes como inseparables, se necesitan mutuamente, de manera que nacen y mueren juntas.
Poesía y filosofía pueden complementarse una a otra porque están provistas de un particular lenguaje que les proporciona una comunidad primordial. Tanto una como otra disfrutan de una palabra autónoma, una palabra que no necesita que ningún elemento ajeno a ella misma la legitime como verdadera. El valor de la palabra poética y filosófica se encuentra en ella misma, no en el hecho de que se refiera a otra cosa exterior. No es una palabra que represente algo distinto de ella, de modo que la abandonemos después de conducirnos a lo que señala. No podemos hacer esto último porque ella misma es lo señalado por ella. Gadamer enseña que esta palabra poética y filosófica no designa nada exterior, sino que ella misma es la existencia de lo designado. No representa otra cosa; ella es lo representado. Nada puede sustituirla en consecuencia. Leemos un correo electrónico, nos informa de algo y lo mandamos a la papelera. Estudiamos unos apuntes, aprobamos el examen y nos deshacemos de aquellos papeles. Leemos un poema y no podemos decir ‘ya me lo sé’, para luego olvidarlo. Lo leemos, lo interpretamos y, por bien que lo hagamos, siempre volvemos al poema, lo repetimos, lo memorizamos. Nada dice como el propio poema. Ninguna otra palabra ni discurso dice como él. La palabra de la poesía y la filosofía es la que más dice, la que más da que decir. A diferencia de la palabra heterónoma, el valor de verdad de esta palabra no reside en un objeto exterior desde el que pueda medirse. Su verdad reside en que su propio decir trae un nuevo ser al mundo que no existía antes de ella. Es verdadera cuando aumenta el horizonte de lo existente, cuando nos dilata el universo.
El milagro de la palabra poética y filosófica es que, mediante ella y solo mediante ella, algo emerge ante nosotros. En medio de las ruinas del mundo en que habitamos, ella misma es un nuevo orden objetivo, una configuración mundana en la que podemos vivir. La falsedad de la palabra poética y filosófica no consiste entonces en su falta de adecuación con una realidad preexistente; esa palabra es falsa cuando no nos dice nada porque no es capaz de sacar a la luz ningún orden de mundo. Es falsa cuando es insustancial, vacía, mera palabra o artificio que no nos pone nada ahí delante adonde podamos trasladarnos y no ensancha nuestro horizonte. •
Por Antonio Gutiérrez Pozo, catedrático de estética y teoría de las artes. Universidad de Sevilla