
En 1626 —hace cuatrocientos años— el impresor Pedro Vergés publica en Zaragoza, a costa del librero Roberto Duport, una novela picaresca singular: La vida del Buscón, y parece que su autor, Francisco de Quevedo, autorizó la impresión, que salió plagada de errores. Las ediciones modernas no reproducen ese texto, sino el que ofrece uno de los tres manuscritos que nos han llegado, el llamado B, porque fue de Juan José Bueno, bibliotecario de la Universidad de Sevilla, y hoy se conserva en la Fundación Lázaro Galdiano de Madrid.
Quevedo había escrito la obra mucho antes: entre 1608 y 1611, y las correcciones que presenta el manuscrito B —evidentemente suyas— tuvo que hacerlas después de 1629. Las pruebas de la verdad de tales afirmaciones no son para este lugar, pero sí vale la pena reflexionar sobre el largo periodo de tiempo que su autor tuvo en mente la obra: más de veinte años. Para su única novela, siguió el género que creó Mateo Alemán con su Guzmán de Alfarache, el de la novela picaresca; pero lo utilizó como entramado para hacer alarde de su dominio de la lengua y exhibir su agudeza y arte de ingenio.
Pablos, el pícaro, al comienzo de su relato, cuenta de su padre que decían era de muy buena cepa, “y según él bebía, es cosa de creer”; y al final, cómo él y otros rufianes son el racimo de uvas que “limpian dos cuerpos de corchetes de sus malditas ánimas”. Las dos citas son aguja para navegar por el discurso de su vida: no hay sentimiento alguno en él, y las aguas son muy turbias: una lluvia de gargajos o lodos de borracheras y varias zonas escatológicas (una lavativa de retorno o caídas en la necesaria o convertir una cama en ella). El lugar de trabajo de su tío el verdugo es la horca, donde cuelga a su padre ladrón y lo deja hecho cuartos por los caminos, como le cuenta a Pablos en una carta, que es cumbre de humor negro. Y el pícaro llevará a cabo engaños de todo tipo, estafas y robos variados, y al final el asesinato. No hay arrepentimiento en ese delincuente de armas tomar, ni moralidad alguna; y la sentencia final lo confirma cuando, anunciando que decide irse con la Grajal a las Indias, dice: “Y fueme peor, como Vuesa Merced verá en la segunda parte; pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres”.
No habrá segunda parte ni tampoco esa señora, “Vuesa Merced”, a quien dirige su relato (“Yo, señora, soy de Segovia”), tendrá papel alguno, e incluso “el lector” la sustituye a veces como destinatario. El objetivo no es conmover ni avisar ni enmendar costumbres, es solo crear asombrosas caricaturas, escenas grotescas y sórdidas, y con ellas provocar la risa o la admiración por el arte narrativo exhibido.
Es una novela con pasajes de entremés, porque Pablos, camino de Segovia desde Alcalá, va a encontrarse con personajes ridículos, que son figuras cómicas: un arbitrista, un maestro de esgrima, un clérigo poeta, un soldado, un fraile ermitaño fullero y un genovés. Pablos los interroga, escucha, observa y se ríe; el pícaro en estos episodios es solo voz y mirada, y la voz es la de su amo, Quevedo. Su risa, frecuente ante lo que ve, es una invitación a la del lector: “Diome a mí gran risa el ver aquello”, “Yo no pude con esto tener la risa, que a borbollones se me salía por los ojos y narices y, dando una gran carcajada…”.
Los grandes momentos de la obra se centran en escenas: la de la batalla nabal (es decir de nabos) cuando Pablos los recibe junto a otras hortalizas en su papel de rey de gallos porque su caballo osó atacar el puesto de una bercera. O la de la borrachera en casa de su tío el verdugo y sus amigos, un corchete (guardia judicial), un porquero y un animero (pide para las almas); su final dice bastante de la escena: “el aposento estaba, parte con las enjaguaduras de las monas, parte con las aguas que habían hecho de no beberlas, hecho una taberna de vinos de retorno”.
No hay caricatura más inolvidable que la del dómine Cabra y su avaricia, en cuyo pupilaje se comen comidas eternas, porque no tienen ni principio ni fin. Así lo retrata Pablos: “Él era un clérigo cerbatana, largo solo en el talle; una cabeza pequeña; los ojos, avecindados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan hundidos y escuros que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes; la nariz, de cuerpo de santo, comido el pico, entre Roma y Francia, porque se le había comido de unas búas de resfriado, que aún no fueron de vicio porque cuestan dinero…”. Era el clérigo cerbatana por su extrema delgadez, pues era “largo” solo en el talle, ¡nada más extraño en él que la generosidad o largueza! Su nariz, roma o chata, parecía comida por el mal francés o sífilis, pero no lo había sido por el vicio pues cuesta, sino por unas pupas de un resfriado. Ese “archipobre o protomiseria” “dormía siempre de un lado para no gastar las sábanas”. En el caldo o pura agua que sirve a sus pupilos, muertos de hambre, los dedos “macilentos” se echan a nado “tras un garbanzo huérfano”, solo en el fondo de la escudilla.
Camino hacia la corte, Pablos se encuentra con don Toribio Rodríguez Vallejo Gómez de Ampuero y Jordán, que le parece un hidalgo “bien puesto”; pero va a descubrir que solo viste lo que se ve, o como él le dirá: “hay tanto que ver en mí como tengo, porque nada cubro”. Lo mismo hacen sus compañeros, los caballeros chanflones, que llevan los trajes como apariencia porque lo que no se ve se cubre con harapos o cartones. Como no comen más de lo que pillan, don Toribio define así a tal tropa de pura apariencia: “Somos susto de los banquetes, polilla de los bodegones, cáncer de las ollas y convidados por fuerza”.
Acabará Pablos con ellos en la cárcel, otro de los espacios que se abre con su grotesca sordidez para asombro del lector. Primero está en “la sala de los linajes”, la mejor gracias a los sobornos, y verá cómo alguno sin cama ase por los pies al acostado, lo arrastra en medio de la sala y se encaja en su lugar. La situación del bacín los lleva a pelearse, y el mal olor lo llena todo.
Llevan luego a Pablos abajo, con sus amigos, y por la noche rufianes deciden darles a estos “culebra de cáñamo” con una soga porque no contribuyen; así empieza otra dura batalla a oscuras, y los hidalgos falsos se quedan desnudos porque no queda “andrajo de pie”. Se taparán con una manta, donde se habían espulgado los demás, y los piojos caninos almuerzan con ellos.
La hipérbole lo trueca todo, y el lector ve bien que la picaresca es solo el apoyo para esas escenas maestras que salen de la pluma del gran Quevedo. Escogió bien al personaje, al pícaro, al delincuente, porque de su mano puede frecuentar tales escenarios de oprobio y crear con ellos ya no sueños, sino exageradas realidades.
No puedo dejar de recordar un guiño literario suyo: Pablos, disfrazado, preguntará por sí mismo a la moza de su posada, a la que quiere gozar, diciendo si vivía allí don Ramiro de Guzmán —nombre que le habían dado sus amigos—, señor de Valcerrado y Vellorete. El escritor rinde aquí homenaje a Petrarca, porque el nombre remite a Laura, la amada del poeta, que era de Valchiusa, o “Valcerrado”, y “Vellorete” es lo mismo que “Bel Oretta” o “Bella Laurita”, como a menudo la nombra el poeta toscano. ¡Genial antítesis evocar en ese ámbito tan grosero a Petrarca!
El pícaro asciende a rufián gracias a sus obras, a sus delitos, y al final lo veremos en Sevilla, destino literario de muchos de ellos, señalado como tal con una cuchillada en la cara y dominando las flores de los tahúres y el lenguaje de germanía. Su última cena la compartirá con Matorrales, “tendero de cuchilladas”, y otros rufianes, que llevan “un par de herrerías enteras por guarniciones de dagas y espadas”. No es extraño, pues, que decidan ir a “montería de corchetes”, maten a dos de ellos y acaben retraídos en la iglesia. A Pablos no le queda otra salida para huir de la justicia que irse a las Indias.
El discurso de la vida del Buscón fue camino para que Francisco de Quevedo hiciera un alarde magistral de agudeza y dominio de la lengua. •