Mujeres víctimas del conflicto yihadista en Mozambique

El conflicto yihadista en Cabo Delgado, la provincia más septentrional de Mozambique, ya acumula alrededor de 6.000 muertes
y más de un millón de desplazados internos. Testimonios de mujeres que son víctimas de la violencia y recientes informes
ponen de manifiesto que ellas sufren más y tienen menos oportunidades y soluciones.

Desteria Mauricio, una mujer que ronda la cincuentena, nos cuenta que en su familia han muerto tres personas a causa de la guerra. Ella procede de Micumbi, un distrito al norte de Cabo Delgado, la provincia más al norte de Mozambique. Allí había llevado una vida plácida hasta 2020, año en que el conflicto que azota su país desde 2017 la alcanzó en toda su crudeza y en el que su vida dio un vuelco que dura hasta ahora. “Llevamos mucho sufrimiento encima. Llegamos aquí con nuestros niños a cuestas, sin casa en la que quedarnos, sin dinero, sin nada”, dice. Habla sentada en una silla en una pequeña casa de Balama, una ciudad de la misma región, pero situada algo más al sur, rodeada de mujeres, de madres que han pasado por una situación muy parecida a la suya. “Hace unas semanas que accedí a un microcrédito de unas misioneras combonianas. Ahora, por lo menos, puedo hacer pasteles y bizcochos. Los vendo en la calle y saco algún beneficio”, cuenta.

Cabo Delgado —una de las zonas más ricas del sur de África, pues sus tierras se encuentran repletas de gas, de petróleo, de grafito, de rubíes, de madera de gran calidad, pero también una de las áreas del mundo donde la gente es más pobre— vive un infierno desde 2017 que se ha traducido en más de 6.000 muertos y alrededor de un millón de desplazados internos, aunque en realidad las cifras oficiales caducan con una periodicidad diaria y podrían no reflejar con exactitud la magnitud del problema. Aquel año, un grupo de personas, descontentas con los gobernantes locales, salpicados continuamente por distintos casos de corrupción, asaltó un puesto de policía, dando comienzo a unos ataques que se han extendido, con más o menos virulencia, hasta la actualidad. Más aún, la corriente insurgente, que nació sin una filiación política o religiosa determinada, se ha ido aproximando paulatinamente a agrupaciones yihadistas y ha posado recientemente enarbolando la bandera del movimiento terrorista Al Shabab, muy activo en el cuerno de África.

Dentro de esta espiral de miseria y miedo hay quien sufre los embates con especial crudeza. El reciente informe Guerra, desplazamientos forzados y respuestas a la crisis en Cabo Delgado, de Ayuda en Acción, Gernika Gogoratuz y el Centro de Estudios y Acción por la Paz (Ceap), pone el foco en las mujeres que sufren el conflicto y hace especial hincapié en la necesidad de una mirada feminista a la hora de abordar soluciones. No en vano, en Cabo Delgado, el 28% de la población que se ha visto obligada a escapar de su hogar son mujeres adultas y alrededor del 52% son menores de edad, cuyo cuidado suele depender, casi en la totalidad de los casos, de madres, tías, abuelas o hermanas. “Asumen buena parte de las actividades cotidianas y sus necesidades específicas no suelen ser debidamente atendidas”, dice el texto. Como ejemplo, recoge testimonios de partos que se han llevado a cabo en plena huida o enfatiza la poca atención que recibe la menstruación en los campamentos de desplazados.

 

Pobreza y hambre en los campos de desplazados

Anita Pape Muse, una mujer de 38 años, huyó de una pequeña aldea de Macomia, un distrito al norte de Cabo Delgado, en 2020. En realidad, cuenta una historia parecida a la de todos los desplazados: insurgentes entraron en su pueblo, quemaron decenas de casas y provocaron horror y muerte durante días. “Se llevaron a mis hijas. Yo logré huir al bosque. Después caminé diez días hasta que pude montarme en una embarcación y llegar aquí. Hay gente que murió en los arbustos. Otros se ahogaron. Fue terrible”, dice. Anita Pape vive, junto a otras 1.300 personas, en un campo informal de desplazados internos en Maringanha, una barriada de Pemba, ciudad costera y capital de la provincia de Cabo Delgado. “Tengo miedo por ellas, por mis hijas. No sé cómo están. Los yihadistas se han llevado a muchas niñas adolescentes. He escuchado que las tratan mal, que las convierten en sus esposas o que, si no tienen suerte, las matan”, prosigue.

Pape Muse sabe mucho de escasez, de miseria, de penurias. Dice: “Llegamos con los pies hinchados, cansadas, sin nada. Y aquí necesitamos todo lo que es indispensable. Nos falta agua corriente, ropa, comida… La vida es muy cara. Precisamos un trabajo, tierras para poder plantar maíz. Nuestros pequeños no pueden ir a la escuela. No tenemos dinero ni para comprar material ni para uniformes. Tampoco hay forma de que podamos ganarlo”. Muse y los desplazados, en realidad, son los desfavorecidos entre los desfavorecidos. Cabo Delgado es, junto a la región vecina de Niassa, la provincia más pobre de Mozambique, que a su vez es una de las naciones más pobres del mundo; ocupa el puesto 185 en el Índice de Desarrollo Humano. Sólo seis estados en el planeta empeoran sus guarismos en esta lista. Otro ejemplo: según las cifras del Banco Mundial, su PIB per cápita apenas llegó a 1.350 dólares en 2021.

Todo esto no son sólo números; pocos escapan del hambre aquí. Según otro informe, Emergencia en Cabo Delgado. Mozambique: Conflicto armado y desplazamiento forzado como motores de la inseguridad alimentaria, de Ayuda en Acción y el Instituto de Estudios Sobre Conflictos y Acción Humanitaria (Iecah), a finales de 2021, las regiones de Cabo Delgado, Niassa y Nampula, las tres golpeadas por el conflicto, aunque las dos últimas en menor medida, acumulaban 900.000 personas en una situación crítica de inseguridad alimentaria. De ellas, 227.000 necesitaban ayuda inminente para sobrevivir. Más de un año y medio después, la situación ha empeorado y no tiene visos de arreglarse en el corto o medio plazo. “Lo cierto es que no va mejor; ni se han estabilizado las actividades económicas de la zona ni ha habido una recuperación de la economía local”, explica Jesús Pérez Marty, director en Mozambique de Ayuda en Acción. Pape Muse no puede quitarle la razón: “Nosotros no creemos en la idea de volver. Si alguna vez lo hacemos en el futuro será por el hambre que pasamos aquí”, concluye.

Pemba y otras ciudades no demasiado lejanas, como Montepuez o Balama, se han llenado de improvisados campos de desplazados por el conflicto, hasta medio centenar en total. Algunos reciben asistencia humanitaria y grandes organizaciones reparten comida o materiales para construir casas. Otros, como el de Maringanha, donde fue a parar Anita Pape, son ninguneados sistemáticamente por las autoridades locales, que incluso han negado su existencia. Y el hambre no es el único enemigo de las mujeres que se ven forzadas a huir. El informe de Gernika Gogoratuz, Ayuda en Acción y Ceap presume una creciente presencia de violencia sexual y física contra ellas y hace especial hincapié en las consecuencias sociales que ello conlleva. “En el caso de las violaciones, algunas familias señalan que aceptarían a sus familiares violadas, a las que someterían a un ritual de purificación. Otras las rechazarían”, dice el citado texto.

 

Resistir sin nada

Julieta Mauricio, de unos cincuenta años, huyó en 2019 de Mocímboa da Praia, una ciudad porturaria que pasó semanas bajo control de los yihadistas. Llegó a Balama sin nada y acompañada de sus seis hijos. Allí pudo quedarse en unas tierras que les cedió un vecino, trabajarlas junto a otros familiares y sacar algo de dinero para matricular en el colegio a sus pequeños. “Las lluvias de este año no han sido buenas y los cultivos no han dado lo que esperábamos. Vienen tiempos difíciles”, lamenta. “Al principio, con los primeros desplazados, todo era más fácil. Las comunidades locales se volcaron. Pero es que el número de gente que escapa no para de crecer y ahora hay más problemas y recelos con la gente que vive en las poblaciones que acogen”, explica María del Amor, misionera comboniana con más de cincuenta años de vida en Mozambique. “Nosotras intentamos ayudar a mamás que vienen solas, sin nada. Enseñamos alfabetización, tenemos un grupo de microcréditos, otro de costura…”.

Afirma María del Amor que, más que grupos económicos, los suyos son espacios de conversación, de desahogo. “Algunas cuentan historias terribles. Han visto cómo mataban a sus maridos, cómo secuestraban a sus hermanas o hijas, cómo morían madres o tías en la huida… Y deben resistir por ellas y por los niños que tienen a su cargo. La situación es terrible. Sí, terrible”. Rita Salesio, una de las madres acogidas al programa de las misioneras, se expresa en términos parecidos: “La guerra es ahora. Entran hombres en aldeas, queman casas y matan a personas. Esto está pasando aquí”, señala. Pero la paz parece quedar bastante lejos. Cada vez son más los pueblos que sufren ataques y grandes ciudades como Pemba están en alerta constante. Las tropas locales y las enviadas por la SADC (Comunidad de Desarrollo de África Austral) y por Ruanda han permitido desarticular grupos terroristas y han llevado al conflicto a una nueva fase, la de guerra de guerrillas. Pero el hambre, la miseria y el miedo siguen campando a sus anchas por demasiadas zonas de Cabo Delgado.

 

José Ignacio Martínez Rodríguez, periodista

 

 

Fotografía: Cabo Delgado por F H Mira, imagen bajo licencia Creative Commons

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