Setenta años 
son muchas lunas

Setenta años de El Ciervo

Artículo publicado en el n.º782 (Jul-Ag 2020)

Setenta años dan mucho ajetreo, sobre todo si uno ha visto cómo se trastornaba el mundo, y además ha hecho la experiencia viajando y guardando las distancias. Me gustan las golondrinas, los titereros y los emigrantes, porque viven como yo. Las pulgas suelen cebarse con los sedentarios –sobre todo cuando forman rebaños–, porque buscan el calor del pajar. 

Un buen trotamundos sabe que los grandes peligros que acechan al viajero se organizan en amontonamientos y en gremios: los socios, los cofrades, las pandemias y los parásitos; si bien tampoco estoy seguro de que eso justifique ni explique la índole de mi carácter, bohemio, independiente y ajeno a la tribu. Tengo el poder de convertirlo todo en literatura, y por eso –aun encerrado en la jaula de mi taller– canto como si estuviese ocioso y viajo como si fuese millonario. El sueño más feliz no es el de tener dinero, sino el de cómo se gastaría uno el dinero viajando. Un poco más y habría llegado a hacer literatura sin tener que escribir. 

Debo reconocer también que, hace setenta años –en los días de mi infancia–, se viajaba mejor, porque los medios eran más modestos y, de esta suerte, los fines podían ser más románticos. Nosotros no viajábamos con viajes pagados ni para hacer negocios, sino más bien por lo contrario, gastando nuestro propio dinero (gastar es la única manera que hay de ayudar a que otros vivan mejor), y en busca de lugares poéticos o poco frecuentados. Cuando esos parajes se llenaban de curiosos nos íbamos. Incluso el placer solitario de viajar se ocultaba con cierto pudor, como si fuese un vicio, de la misma manera que los poetas no se exhibían cuando se dejaban tentar por el ajenjo y la pipa de Kif. Tampoco había influencers que divulgasen los lujos, e incluso una escapada en aquellos coches utilitarios (el topolino, el millecento, el seiscientos, el cuatro/cuatro, el gordini) tenía algo de pecaminoso, ya que el viaje –como todas las tentaciones libres– permitía descubrir lo “desconocido”. La sombrilla de la playa, las mesas plegables, la tortilla de patatas en España o el olor de los quesos en Francia; todo tenía algo freudiano y surreal (como la letra de nel blu dipinto di blu –¡qué tema para Rimbaud!–, la canción que se oía en todas partes). 

Las películas en blanco y negro situaban en Saint-Tropez o en la Riviera todas las fantasías que algunos poetas orientales habían atribuido al paraíso, no siempre con el mejor gusto (pues para mí no hay nada más detestable que el delirio de ciertos teólogos que imaginan, tras la serena muerte, una vida promiscua y rijosa, regada por ríos de vino y por festines de Baltasar, como un carnaval organizado por una comisión municipal de festejos). 

Pienso que la reglamentación de las vacaciones en agosto acabó con el placer de los viajes, pues no creo que los recreos puedan regularse en un tiempo determinado, porque a cada uno le llegan las ganas de estar tranquilo en una coyuntura diferente, en distinta postura de arrobo y por razones dispares. Y no creo que nadie consiga ser feliz durante todo un mes en agosto –precisamente en agosto–, aunque tenga una casa de campo, un yate, unas vacaciones reservadas en unas islas paradisíacas, o esas cosas que se inventan para el ocio y que están siempre hechas al gusto de otros. Para nosotros lo difícil fue siempre cuadrar los ingresos “netos” con los gastos “brutos”.

Hay muchas maneras de viajar, y la peor de todas es la que ahora adopta la gente que “quiere viajar informada”. Yo prefiero vagabundear, que es viajar “pensando en otra cosa”. Quién sabe si la razón de que haya viajado tanto no ha sido otra que el intento de no perder mi vida entre compadres y vecinos. 

Me parece lamentable que alguien necesite ser guiado hacia el placer o la belleza, considerando que uno debería comenzar por conocerse a sí mismo y aprender el camino de sus propias tentaciones. El Arte tiene una ventaja sobre el Discurso, y es que no explica cómo conseguir el placer ni cómo reprimirlo, sino que se limita a “ofrecer sugerencias”. 

En la raíz etimológica de las vacaciones –vacare, significa hacer el vacío– anida ya la idea de disfrutar de la libertad. Cada vez que uno se va, hay siempre otro que se siente feliz. Y esto es algo que se les oculta a los expertos internacionales del ocio, pues es importante que una parte de la humanidad se marche de vacaciones para que la otra parte se quede tranquila. 

Como me he movido algo por el mundo, con la sana intención de dejar tranquilos a los que se libraban de soportarme, también he llegado a la conclusión de que el viajero es, en realidad, un fugitivo: un prófugo que huye del Estado, del fisco, de los amigos atentos, y de los compatriotas queridos que hablan la misma lengua. Alguna vez lo he escrito: “Ser libre consiste en saber escapar de los que quieren cazarnos”. 

He viajado a pie y en bicicleta –siguiendo el cauce de los ríos de Europa, a veces unido a una troupe de artistas de circo– y he recorrido buena parte del mundo en tren y en barco; incluso algunas veces en avión (aunque no me gusta viajar atado). Han pasado muchos años desde los días de mi infancia y de mi juventud en Marruecos y en Suiza –donde vivía mi familia–, y guardo bien en mi memoria todos los viajes y los lugares donde viví. Recuerdo lo que eran la Costa Azul, la Riviera, las Azores, Taormina, Capri y la Costa del Sol, antes de que las profanasen las caravanas del turismo. He viajado también en moto, que es lo más divertido que se puede hacer solo y vestido. Fui huyendo siempre de las invasiones que alteraban la paz de los lugares más bellos del mundo. Creo que viajé, sobre todo, buscando lugares míos. Descubrí mi propia geografía, como encontré a mis maestros y mis libros, y como fui construyendo mi propio carácter. Cada vez más lejos. 

Una y otra vez tuve que huir de todo, olvidando mi teresiana idea de crear unas fundaciones. Y de esta forma –siempre más lejos– pasaron por mi corazón las páginas escritas en los cafés de París, las horas laboriosas  que dejé en la Biblioteca de la rue du Louvre, el clamor de las campanas en mi casa veneciana del Rio del Duca, las noches de Roma en los tiempos ya volados en que los Frailes Carmelitas Descalzos me preparaban en su herboristería unas infusiones que me hacían escribir historias mágicas, los amaneceres de Estambul en mi terraza del Park Oteli, mis Memorias de México que nunca quise dar a la estampa, las tardes de Moscú –que pasábamos bailando las romanzas de Alla Bayanova–, los trayectos en tren de vapor entre Abidjan y Ouagadougou, las fábulas del Orient-Express y las travesías del Atlántico en el Queen Elizabeth o en el Galileo Galilei. Se me despintaron también los días de Kioto, como los rótulos descoloridos del callejón del río, como el sonido de las puertas correderas y los papeles de las paredes que ya entonces estaban ahumados y ennegrecidos.

Debo decirles a mis lectores jóvenes que tengo la ventaja de mis muchos años, pues ya se sabe que todo era más bello y barato “el año pasado”. 

Así fueron saliendo de mi alma docenas de libros –no exagero al calcularlos de esta forma, como los huevos en el mercado– sobre los lugares donde fui viviendo, siempre trabajando y hermoseando con lunas lo que me faltaba de plata. 

Sólo ahora, al cabo de los años, pienso que la felicidad es de los que se quedan. Debe de ser que he entrado en la edad sedentaria de las novelas. 

Quedarse en casa, como decía Valle-Inclán (¡Don Ramón María!), es justamente la razón por la que “la novela es más importante que el cuento, ya que obliga a aguantar más horas sentado”. Además, una novela –aunque no dé mucha plata– tiene más lunas, porque escribir es como vivir asomado a la ventanilla de un tren.

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