Una constelación para Gulliver

Se cumplen 300 años de la publicación de la obra de Swift

 

Cuando Jonathan Swift publica en 1726 la que acabará por ser su obra más popular, Los viajes de Gulliver, las monarquías europeas seguían sin resolver el mismo choque entre creencias religiosas y políticas que venía desgarrando Europa cuando, en 1615, aparece la segunda parte de Don Quijote: a la guerra contra el Islam que inspiraría en buena medida a Cervantes se habían sumado, dentro de la Cristiandad, las guerras de religión provocadas por la Reforma. Retrotraerse así a Don Quijote y al turbulento contexto en el que Cervantes lo publica no sería, sin más, arrojar una mirada retrospectiva hacia la turbulenta realidad de Europa, sino que se trataría tal vez de la vía más segura para identificar la tradición en la que se inscribe el genio de Swift, cuyo personaje Lemuel Gulliver es acusado de locura tantas cuantas veces regresa de sus viajes. A diferencia de Alonso Quijano, que recupera la razón a las puertas de la muerte, Gulliver, por su parte, decide esperarla reivindicando una locura que no ha contraído en el contacto con los libros, sino con otros pueblos, lenguas y costumbres. Más que alejarlos, la manera en la que ambos personajes enfrentan sus respectivos extravíos a las puertas de la muerte los aproxima, porque lo que importa no es que Alonso Quijano abjure de ellos y Gulliver los reivindique; lo que importa es que tanto Cervantes como Swift coinciden en emplear la locura a la manera en la que lo hizo Erasmo en el Elogio: como estrategia narrativa para expresar una disidencia radical con la ortodoxia vigente en Europa. La locura no es locura, sino una verdad que no puede ser dicha.

Américo Castro advertiría las raíces erasmistas de la locura de don Quijote en El pensamiento de Cervantes, tras revisar en 1925 la extravagante idea de que un autor “lego” estaría en condiciones de alumbrar una obra superior a su talento, según habían defendido los miembros más destacados de la generación de 1898, con Unamuno a la cabeza. Swift nunca fue objeto de una desposesión de su obra tan inapelable como la que padecería Cervantes, pero cabe preguntarse si el hecho de haber sido catalogado durante décadas como un autor para niños no respondería a la voluntad de ocultar la inequívoca carga subversiva que se desprende de Los viajes, despojándolos también de “pensamiento”. A diferencia de Cervantes, Swift siempre contó con valedores que contestaron la interpretación banalizada de su genio, una interpretación que enfatizaba la imaginación en detrimento de la dimensión crítica. Pero lo cierto es que aún en estos días, cuando se conmemora el tercer centenario de Los viajes, parece subsistir una cierta resistencia a colocar a Swift junto a los grandes autores de todos los tiempos, sin restricciones relacionadas con el público al que supuestamente irían dirigidos. Por expresarlo sin rodeos, no es con Pulgarcito con quien Gulliver comparte público lector, sino con Hamlet, Segismundo, o, por supuesto, don Quijote.

El paralelismo de Los viajes con la obra de Cervantes no sólo estaría justificado por el común recurso a la locura, de remota raíz erasmista, sino también por la reivindicación del ideario que, ante una Europa desgarrada por controversias como el origen divino de la monarquía —una idea a la que Swift es contrario—, sugiere anteponer la sustancia de cuanto compar ten los individuos al ritual que los divide como miembros de una u otra secta, de uno u otro partido. Ese es el ideal del que se hace eco Swift cuando, interrogado por el rey de los houyhnhnms, Gulliver se siente obligado a reconocer que “las diferencias de opinión han costado muchos millones de vidas” en Europa, y que esas diferencias no van nunca más allá de decidir “si la carne es pan o el pan carne, o si el jugo de cierta baya es sangre o es vino”, o incluso “si es mejor besar un madero o echarlo al fuego”. La originaria genealogía erasmista de un razonamiento que luego será ilustrado y más tarde liberal entra en juego desde el momento en que los ejemplos a los que recurre Swift aluden, sin citarlo, al rito religioso que separa a los papistas de los partidarios de las iglesias reformadas, entre las que se encuentra aquella de la que él mismo es pastor, la iglesia anglicana. “Ninguna guerra es más furiosa y más sangrienta, o de más larga duración —explica Gulliver al rey de los houyhnhnm —, que las ocasionadas en diferencias de opinión, en especial si tiene por objeto cuestiones sin importancia”. Esa es punto por punto la posición de la locura en el Elogio que le tributa Erasmo, que retoma Cervantes en Don Quijote y que, en el caso de España, inspira obras como Las novelas de Torquemada, de Galdós.

Swift no busca “poner en aborrecimiento de los hombres” los libros de viajes, como sí hará Cervantes con los de caballería. Pero la crítica del género como fuente de prejuicios y no como estímulo para cuestionar el fundamento de las costumbres propias reaparece a lo largo de Los viajes de Gulliver. Como buena parte de los recursos de los que se sirve Swift, también esta crítica cumple una doble función: no sólo revela la evidencia de que en ocasiones los autores que adoptan el género inventan sus noticias o las toman de narraciones anteriores, sino que reivindica, por contraste, la incontestable veracidad de las que Gulliver proporciona, siendo como son, a todas luces, producto de una vigorosa fantasía.

Por lo demás, la estructura conceptual a la que se ajustan las “salidas” de Gulliver podría haber hecho que Los viajes bascularan hacia una rígida obra de tesis, de no intervenir el excepcional genio literario de Swift. Mientras que los dos primeros viajes vendrían a ser demostración de que las opiniones que se tienen por naturales o absolutas dependen, en realidad, de la proporción, la tradición o el punto de vista, el tercero, donde resume entre otros episodios su estancia en la isla voladora de Laputa, ilustra los errores a los que conducen los intentos de domesticar la naturaleza relativa de cualquier conocimiento en un universo en el que las escalas cambian, como también las verdades, que Swift considera inestables convenciones. La manera en la que razonan los nativos de Laputa, así como el hecho de que habiten una isla voladora, evoca una de las obras más implacables de Aristófanes, Las nubes, lo mismo que el ideario que Gulliver desgranará desencantado, de vuelta en su tierra, parece prolongar una larga tradición de la que forma parte Erasmo, pero también Moro, Montaigne, Montesquieu y, más tarde, toda la saga de autores que irán poniendo sucesivamente un contrapunto, primero, en efecto, ilustrado, y más tarde liberal, a las sucesivas ortodoxias religiosas y políticas en las que se envolvía y se envuelve el poder en Europa. Swift, al igual que estos autores, no busca integrar ninguna heterodoxia, sino destruir el mecanismo que genera la división que establece una ortodoxia como centro inapelable y, al hacerlo, la heterodoxia, o mejor, las heterodoxias refractarias a ese centro, se configuran como una irreductible constelación de ideas, actitudes y principios.

Lemuel Gulliver da a entender a sus lectores que morirá en soledad, acompañado, si acaso, del puñado de conocimientos que ha destilado de la experiencia de sus viajes. Los personajes, sin embargo, no viven ni mueren, sino que, con el tiempo, acaban por encontrar la constelación a la que pertenecen. •

POR JOSÉ MARÍA RIDAO, ESCRITOR

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