Abrazo a la cultura y a la memoria social


Artículo publicado en el n.º783 (Set-Oct 2020)

Esta historia se le presenta al poeta y periodista Joaquín Pérez Azaústre en varios momentos de su vida, las casualidades afortunadas que se visten de musas y le llevan a profundizar en los hechos terribles de 1977 que pretendían perturbar cuotas nuevas de libertad. En el despliegue de una investigación periodística comparte con el lector una epopeya digna de ser recordada. Son hechos significativos en la historia de España y la transición hacia la democracia, contados desde la intrahistoria, como memoria subjetiva de los sobrevivientes. Merecedor del Premio de novela Albert Jovell, Atocha 55 (Almuzara), comienza con Federico García Lorca: “Hay cosas encerradas dentro de los muros, que si salieran/ de pronto a la calle y gritaran, llenarían el mundo”. La memoria de las víctimas —que eran abogados por encima de adscripciones políticas—, cuya heroicidad ha pasado desapercibida, se muestra en la defensa de justicia social y su lucha por conseguir derechos básicos de los más vulnerables que se encontraban entre la gente más proletaria. Y en su gesto pacífico de respuesta a la violencia de grupos de extrema derecha, no iban a contestar a la provocación porque los asesinos pretendían iniciar un conflicto, poniendo en peligro los progresos legislativos tras la muerte de Franco. Destacar la altura de miras de estos jóvenes humanistas, se interesaban por la cultura, la literatura y la libertad de un estado de derecho que fuera digno. La elegía vino dada en el acompañamiento fúnebre masivo a las víctimas. El núcleo de los hechos se conoce como la Matanza de Atocha, como dice Alejandro (Alejandro Ruiz-Huerta, uno de los abogados que sobrevivió), es una palabra horrible que nos asocia a los cerdos sacrificados en un ritual colectivo. Es la despersonalización del asesinato, donde mueren personas pero no los ideales ni el trabajo social al que se dedicaban con fervor. Se muestra una identidad colectiva consistente y muy sentida, representada después en el monumento “El abrazo” como un bloque de granito que los une e iguala en un mismo ente, y cómo se entrelaza con el devenir político del país. 

En prosa poética, compartiendo la poesía escrita por Alejandro —escritor vocacional y uno de los protagonistas del libro—, quien se presenta en una búsqueda de identidad continua al perder a su mejor amigo, en quien se reflejaba y a quien recuerda cada día. Clément Rosset nos habla de la identidad gemelar también en la amistad y no solo en el amor, como sería en el caso de la abogada Lola que pierde a su compañero, por segunda vez, y su sombra le acompaña fiel.

El autor como un historicista materialista erige la memoria de las víctimas como esencial para la comprensión de un tiempo político que nos hace vivir como presente, nítido, todo podría haber sido diferente. Según Walter Benjamin, es la única base sobre la que se puede construir una política no reaccionaria, humana, al recuperar la memoria de los vencidos, despliega las posibilidades infinitas que nos aguardan. El deseo de que gane la justicia con mayúsculas, de que ganen los buenos. Narrador con recursos, capta la atención página tras página, se disuelve, se asombra, repite, descubre lo que va contando al tiempo del lector al que acompaña en prosa poética recreadora de un ambiente intenso de pérdida, de dolor sufrido por los protagonistas. Resulta de gran belleza la memoria involuntaria que refleja Alejandro al despertar en el hospital tras el atentado, esa memoria del cuerpo que tiene tanta fuerza para rescatar lo pasado. El autor muestra gran empatía con ese dolor y nos lo aproxima como si fuera propio. Recordemos la afirmación de Mayorga: “La esperanza que ofrecen los muertos tiene el tamaño de la memoria de los vivos”.

Por Violeta Nicolás

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Premio Enrique Ferrán