
Del amarillo al naranja, el peligro cambia de color. Y de continente, a medida que estos han ido perdiendo y modificando contenido. El peligro amarillo, como se denominaba antes la amenazante pujanza China, se está convirtiendo en un oasis de estabilidad frente a las locuras del decadente líder occidental de rostro naranja. Un mérito más a añadir a la lista de estupideces y sobre todo crímenes que están hundiendo no solo el liderazgo —que él concibe solo a través de la fuerza bruta de las armas y el dinero— sino la esencia, el núcleo inspirador de democracia que ha representado su país. Algo muy serio se pudre por desgracia en Washington.
Los europeos empezamos a hartarnos de los delirios de este grotesco Ubú que con desprecio de la historia y una impúdica demostración de vanidad ha derribado ya físicamente —“literal”, dicen ahora los jóvenes— media Casa Blanca y con ella mucho más de la mitad del crédito de su país como potencia hegemónica. Perpleja, como el ajedrecista experto ante un rival ignorante del juego que reacciona con movimientos inconcebibles, Europa empieza a perder la paciencia, a cansarse de esperar —como a Godot o a los tártaros— los famosos contrapesos made in USA que no llegan y de comprobar que esa espera la convierte en cómplice, por omisión activa, de genocidio, de crímenes contra la humanidad y del caos que está hundiendo la economía mundial.
Ha tenido que ser el estadounidense papa León —mientras Europa, con la honrosa y valiente excepción del presidente Sánchez, callaba vergonzantemente— quien ha alzado indignado la voz dejando en evidencia el miserable comportamiento de una UE sin líderes merecedores de tal nombre y sin el nervio moral que debería mantener con firmeza los valores que le dan sentido. Por eso cada vez más europeos desencantados con la deriva americana hacia el fascismo y alarmados por la penetración del trumpismo que incuba otra vez aquí el huevo de la serpiente miran al este, hacia la silente China que parece esperar imperturbable a que el monstruoso salón de baile en construcción acabe hundiendo los cimientos de la Casa Blanca entera.
Hacia China hemos mirado también en este número para tratar de comprender las raíces del poder omnímodo con que el partido comunista dirige el país. La sinización o adaptación del marxismo a la milenaria cultura china —el, digamos, marxismo con palillos—, caracteriza la que el especialista Xulio Rios define como dinastía orgánica, interesante concepto que explica el arraigo de la élite monopolizadora del poder político, militar, económico y cultural del gigante asiático. Es otro mundo, aún cerrado pero ya no encerrado tras la Gran Muralla, no tan hermético, no tan imprevisible. Sin necesidad de romper el vínculo europeo con Estados Unidos, sino de replantearlo, ¿puede la China del capitalismo de Estado ser un buen socio o un aliado? Por qué no, se preguntan los partidarios de un mundo multilateral y no bipolar como lo quiere Trump. La pregunta por responder es cómo lo quiere Xi.
¿El fracaso de Estados Unidos en Irán animará a los estadounidenses a acabar con Trump? ¿Despertarán por fin los contrapesos en noviembre con las elecciones de medio mandato? ¿A qué espera el pueblo americano —y con él la aliada Europa— para plantarse y decir basta ya de guerra y de sangre, basta ya? La extrema derecha americana abrió el camino e inspiró la rebelión contra la democracia que empezó a calar en Europa tras Berlusconi y Le Pen y que ha estado en el poder casi dos décadas en Hungría. Pero Hungría se ha rebelado y su ejemplo es una esperanza y un mensaje que los demócratas de todo el mundo deben alentar y asumir: se puede acabar con los autócratas, sí se puede.
¿Cómo? Votando. Movilizándose en masa. Incluso con los medios de comunicación, los algoritmos, los bots de Putin, la presencia en los mítines del vicepresidente Vance y todos los poderes del Estado controlados por Orbán, los húngaros salieron a la calle para votar contra él. Y ganaron. El despertar húngaro debe espabilar a Europa: cerrado por ruina el balneario nevado donde convalecía de sus achaques, no tiene más remedio que reconstituirse al aire libre, en el ancho mundo que se abre más allá de la montaña mágica en la que creía estar confortablemente instalada. •
Por Jaume Boix, director de El Ciervo