El reto de China

El reto de China

Artículo publicado en el N.º788 (Jul-Ago 2021)

Muchos la vemos como otro mundo. China, el país más poblado de la Tierra, heredero de culturas milenarias —que hasta hace poco estaban proscritas y hoy se exhiben como seña de raíces profundas con efectos cohesionadores, y de paso como un amago de tolerancia en una sociedad sometida a todos los controles. China, el gigantesco salto —que tanto ha tenido de mortal— desde el subdesarrollo hasta la superpotencia que viaja a la cara oculta de la luna, construye su propia estación espacial y domina en inteligencia artificial y big data. China, banderas al viento, celebra el éxito del capitalismo de estado o la economía socialista de mercado o el socialismo con características chinas servido y custodiado por el partido comunista que bate la plusmarca mundial de permanencia en el poder: 72 años ininterrumpidos. Cuidado con China.

Atentos, porque el auge de su prosperidad que en pocos años, dicen, va a convertirla en primera potencia planetaria lleva este mensaje en la botella que The Economist resume así: son los autoritarios con más éxito en el mundo. Cuidado, pues, porque el poder económico se compadece bien con este tipo de regímenes que aseguran la estabilidad con un férreo control de las condiciones de trabajo y todas las demás. Y cuidado porque el autoritarismo va ganando adeptos aquí, entre los países democráticos, desorientados por la gran crisis de la globalización y donde prende de nuevo la mecha del nacionalismo y los populismos.

El modelo chino se impone sobre las ruinas de dos grandes fracasos: las del comunismo soviético que se hundió hace ya treinta años y las aún calientes de la revolución neoliberal de Reagan y Thatcher que ha llevado al mundo a la profunda crisis de hoy y puede hacer perder la hegemonía a Estados Unidos. El socialismo con características chinas, como lo llaman, es “un nuevo modelo para el progreso humano que China pone a disposición del mundo y de la civilización”, dijo el presidente Xi Jinping en su discurso del centenario de su Partido Comunista. Pues bien, hay que tener presentes las formas que adquiere el poder y sus métodos para condicionar la vida de 1.400 millones de personas. El partido lo vigila todo. La tecnología permite extender su control hasta el rincón más íntimo de las personas: el pensamiento, la expresión —incluida la facial, seguida y archivada por millones de cámaras—, las libertades civiles, las diferencias étnicas o religiosas. No se admiten discrepancias ni hay sitio para discrepantes. Hay orden, seguridad, sí, como hay sumisión y represión, en algunos aspectos muy dura y cada vez menos disimulada.

El reto que lanza China a Occidente es el de demostrar que la democracia funciona mejor que su modelo, que la prosperidad florece en un ecosistema democrático porque respirar el aire libre es condición esencial de la prosperidad misma. Sin respiro no hay bienestar. Los Estados Unidos, todavía hoy primera potencia mundial, buscaron con Trump el enfrentamiento para frenar el empuje chino. Otro fracaso. Le toca ahora a Biden intentarlo y parece que el presidente se ha puesto en faena: Biden tiene que moderar la locura suicida del imperio de los mercados y generar las inversiones necesarias para resetear la economía productiva, extender el bienestar social y frenar las desigualdades que no dejan de crecer. Es el prestigio y la eficiencia de la democracia y por tanto su viabilidad lo que está en juego, no solo ante el poder y la solidez china sino ante el propio mundo occidental, entre nosotros, donde se está debilitando.

Conviene que Biden y Jinping encuentren vías de colaboración de manera que cada modelo pueda enriquecerse con lo mejor del otro: el chino abriéndose a la democracia y el occidental sumándose al dinamismo de la industria, el comercio y la tecnología que está obrando el milagro chino. La colaboración es mejor que el pulso, la inteligencia que la fuerza, la amistad que la pelea. Y Europa puede mediar en este sentido acercándonos a China, abriendo rutas que ayuden a descubrir el principal activo de este aún muy desconocido país: su gente, que es la quinta parte de la humanidad y, aunque a veces nos lo parezca, no habita en otro mundo sino en el nuestro, el de todos.

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