
La lección de madurez democrática que ha dado el pueblo portugués, y sobre todo su derecha política, eligiendo como presidente de la República al socialista Antonio José Seguro para frenar a la ultraderecha ha suscitado en España admiración y envidia. Resuenan como un eco aún débil pero audible algunas voces que, ante el desquicio del marco, llaman al sosiego, a ajustar bisagras, reponer tornillos extraviados y a que vuelva la tersura a las puertas de la política española; piden que cesen los insultos y se recuperen las formas, que son fondo y esencia de la democracia. Y con razón, y alarma, recuerdan que la democracia vive hoy en peligro real de quedar muy dañada por el autoritarismo rampante que corroe la frágil y, por falta de mantenimiento, muy desgastada cimentación de nuestra arquitectura institucional.
¿Puede el ejemplo portugués surtir algún efecto entre nosotros? En medio del grosero desmontaje del sistema que con tanta desfachatez ha emprendido Trump con la ayuda de los oligarcas digitales y de sus aliados europeos, el voto sereno de los portugueses que cierra el paso al desembarco en su tierra —nuestra península— de los concesionarios del trumpismo, adquiere un valor de excepción comparable al que tuvieron hace ya medio siglo aquellos claveles en la boca de los fusiles y en las manos, juntas, de ciudadanos y soldados. Los claveles de 1974 y los votos de hoy son símbolos y gestos que Portugal lanza al mundo con un mensaje: de resistencia, de fe, de confianza. De esperanza también, pues señalan el buen camino en medio de la confusión: solo hay que seguirlo, aunque no parece fácil.
Parece en verdad más bien difícil, dado el punto de violencia verbal al que se está llegando aquí, pero en el fondo no lo es tanto: se trata de bajar los decibelios. Todos: los portavoces de los partidos políticos, sus dirigentes y sus equipos de intoxicación de las redes sociales; los parlamentarios de cualquier color y tarea, de la mayoría y de la oposición; los gobernantes y responsables de administraciones públicas y de los poderes del Estado: ejecutivo, legislativo y judicial; los medios de comunicación, periodistas, tertulianos, peropagandistas, crispadores; los influencers y sus seguidores que los alimentan y jalean mientras los oligarcas de las plataformas acumulan millones y poder.
Empezando por moderar el lenguaje, el tono y la exageración se habrán dado ya unos buenos pasos. Si en estos albores primaverales tantos se apuntan, o eso dicen, a la operación bikini, no veo que no puedan nuestros representantes y servidores públicos apuntarse para dar ejemplo a una operación saudade. ¿No habíamos quedado en que política es pedagogía, como imaginaba Rafael Campalans? Pues sí, y si lo han olvidado o no les suena a los dirigentes de hoy, alguien se lo tiene que contar o recordar. ¿Quién puede hacerlo? Nosotros, los votantes. O también alguien con autoridad indiscutible, aceptada por unos y otros: ¿no encontraríamos en todo el país a diez hombres justos, o mejor mujeres, capaces de hacernos comprender que, lejos de insultar y morderse, es necesario hablar, respetar, dialogar, negociar si cabe y si puede ser pactar, y si no puede ser, quedar como adversarios pero amigos hasta la próxima, con elegancia y savoir faire?
¿No lo ven factible? Claro que lo es y las voces de estas personas buenas podrían ayudar al deshielo, a la despolarización. De acuerdo, sí, diez parecen muchas y quizá con menos bastara, no olvidamos cómo regateó Abraham ante el Señor, que le pedía cincuenta hombres justos para no destruir Sodoma y Gomorra y al final quedaron solo en una decena; aunque es verdad que ni esos pocos encontraron. Pero sean más o menos, esas voces respetadas por todos existen. Hay que pedirles ayuda y compromiso con la democracia en riesgo, es necesario que salgan del armario, que animen al país a dejar las trincheras y a dignificar la noble acción política para evitar que la creciente mayoría silenciosa desencantada, casi desafecta, dé la espalda a los moderados y se entregue a la abstención o a los extremismos antisistema y al individualismo egoísta más incivil, que es el triste legado del trumpismo. La nueva Grándola de Portugal invita a sumarnos a esa operación saudade. No desaprovechemos la lección. •
Por Jaume Boix, director de El Ciervo