
Pues lo que ha hecho Laszló Kraznahorkai, el Nobel de Literatura en su última, quiero decir más reciente, novela es una proeza, un digamos tour de force esa expresión que por ser en francés como savoir faire, esprit de corps o trompe l’oeil se aparece con un halo de credibilidad, supuesta pero efectiva para lograr quizá un más ceñido ajuste a lo que quiere expresarse, que por cierto es, según viene traducido en el diccionario, exactamente lo dicho, una proeza y lo es, verán, porque el escritor húngaro acaba de entregar a la posteridad esa novelaza, Herscht 07769, escrita, pongan atención a lo que les diré, escrita en una sola frase, una sola que se alarga durante 414 páginas sin un triste punto y seguido, todo de corrido y con una trama además bastante endiablada en la que uno podría perderse aun con la ayuda de una puntuación ortodoxa y una sintaxis clásica, sujeto, verbo, complementos, la frase clara, concisa, breve y ordenada, punto, el párrafo coherente como una unidad de sentido, punto y aparte, incluso así, ya les digo, porque es una novela coral en la que todo un pueblo, Kana, un Macondo alemán de la recoleta Turingia excomunista, patria de Bach, va desfilando y zurciendo un frondoso entramado de relaciones donde el lector no solo no se pierde sino que se ve inmerso, podría decirse absorbido, casi succionado por el remolino de esa prosa suelta que avanza en espiral y un interés creciente, adictivo, hasta encontrar el punto de llegada que es en realidad el de salida, el primero y el último, el único en cuatrocientas catorce páginas, fin, hasta ahí hemos llegado aunque podríamos ciertamente andar mucho más lejos, seguir en este mundo de palabras que es de la literatura, de las historias que sin parar nos contamos unos a otros desde que tenemos uso de razón, es decir conocimiento y percepción del lenguaje, oíd como resuena el canto del bardo, escuchad lo que en asamblea los dioses decidieron, que regrese a casa Ulises, castigado por Poseidón por haber dejado ciego al cíclope Polifemo, hijo suyo, de Poseidón digo, no de Ulises, gracias a la compasión de la virginal Atenea de ojos claros y a la prontitud de Hermes de pies alados, mensajero de Zeus, quien informa a la muy bella Calipso, más bien le ordena, que debe liberar a Ulises después de tantos años, siete creo, de tenerlo en Ogigia retenido en su seno, o sus senos, para que pueda volver a Ítaca, IT mi casa, y a la rutina de los días tranquilos y seguramente menos emocionantes que los que ha vivido en dos décadas de asombrosas aventuras, escuchémoslo de nuevo admirados este verano de mundo en llamas, tres mil años después, en la voz de hábiles narradores cuyas manos manejan todo tipo de útiles y técnicas capaces de sacar brillo y dar sentido a las palabras y, menudo prodigio, incluso imágenes en movimiento de los humanos que han de morir y de los dioses inmortales, las ninfas, los dedos rosados de la Aurora, las cóncavas naves surcando la mar vinosa, los argivos de flotantes melenas, los temibles guerreros o los monstruos portadores de dolor y tanta o más maldad que los hombres, porque este es el poder real de la literatura y se llama imaginación, la capacidad sin límites de inventar a través de los milenios y narrar con puntos y comas o sin ellos, de todas las formas ideadas y también las por venir, ya sea respetando las reglas gramaticales, sintácticas, ortográficas, prosódicas, retóricas convenidas por la tradición ya respetándolas de otra manera distinta, jugando con ellas, abriendo caminos al uso del mejor y más preciado tesoro de que disponemos, el mayor misterio de la evolución, el valiosísimo y singular don del lenguaje que debemos por siempre y a toda costa seguir amando, cultivando y celebrando con un buen brindis, salud, y no sufra ya más querido editor, vaya aquí por fin el punto, así. •
Por Jaume Boix, director de El Ciervo