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Fellini y el catolicismo

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19-03-2020

Este año del centenario del nacimiento de Fellini ofrece la ocasión propicia para volver a confrontarse con una de las obras cinematográficas más potentes y originales del siglo XX. Uno de los aspectos, y no menor, de la producción del genio de Rímini, es el de su conflictiva relación con el catolicismo. Así, a los ojos de hoy, resulta muy difícil comprender cómo una película,  tan poética y plena de valores religiosos, como Las Noches de Cabiria, pudiese tener problemas con la censura. Pero la realidad es que los tuvo, tal vez debido a aquella obsesión de algunos democristianos,  como Andreotti, de ver por todas partes un contubernio entre el marxismo y el neorrealismo. Fueron necesarios los buenos oficios del,  jesuita y cinéfilo,  padre Angelo Arpa, ante el cardenal de Génova, para que Cabiria fuera salvada de la quema. Aquello fue el inicio de una gran amistad entre Fellini y el padre Arpa que acabaría convirtiéndose en su director espiritual.

La furibunda reacción ante la proyección de La Dolce Vita (1960), galardonada con la Palma de Oro en Cannes, nos da una idea de la cerrazón mental de la Iglesia en los años previos al Vaticano II. Incluso un intelectual como el entonces arzobispo de Milán, Giovanni Batisti Montini, el futuro Pablo VI, se reveló como uno de los más feroces detractores del film de Fellini. L’Osservatore Romano, tituló a toda página: ¡Vergogna!, para  calificar a La Dolce Vita cuyo principal delito, al parecer, fue el de presentar a algunos miembros de la alta aristocracia, próxima al Vaticano, participando en una orgía. El correspondiente dicasterio prohibió la película para los católicos y así, en España, hubo que esperar a 1981, poco después del 23 F, para poder verla. El padre Arpa salió en defensa de Fellini, lo cual le ocasionó no pocos disgustos. Fellini, por su parte, calificó las críticas de ridículas, señalando que él se había limitado a filmar el Apocalipsis. Y,  ciertamente, una mirada atenta puede descubrir en el film muchas claves apocalípticas en la descripción de un mundo que se ha corrompido por el poder de lo mediático. Los focos llegan a deformar incluso el mensaje de la Iglesia y contribuyen a suscitar conductas exhibicionistas y falsos milagros. Muy apocalíptica es aquella hermosa reconvención del ángel dirigida a Marcello Mastroiani, en forma de mirada de una dulce adolescente. Tal y como cuenta el Apocalipsis (Ap 13, 1-3), Fellini hace surgir del mar una cabeza herida de una Bestia a quien muchos están dispuestos a seguir.

El gran caricaturista que fue Fellini, nos dejó figuras inolvidables como aquella hilarante monja enana de Amarcord, o la escena de Roma en la que asistimos a un desfile de modelos eclesiásticos, presididos por un siniestro cardenal y una  decrépita princesa romana. Fellini no fue un santo, pero sí un católico inquieto que, en el fondo de su corazón, y como deja claro en Ocho y medio, compartía el axioma “Extra Ecclessia nulla salus”. Su inconsciente, explorado con métodos junguianos, está poblado de arquetipos cristianos. También lo está el de su mujer Giulietta Massina,  sensible e inteligente que, como vimos en Giulietta de los espíritus, tuvo la grandeza de so-portar al genio, apoyada en arquetipos como el del ángel o la mártir.

Hoy, a sus cien años, Fellini aparece plenamente reconciliado con la Iglesia. La Strada no solo es una de las películas favoritas del papa Francisco, sino que también aparece, junto a Ocho y medio, en la lista de películas recomendadas por el Vaticano por sus valores artísticos. También la sociedad de Rimini, que aparece bajo el nombre de su antiguo enemigo, Pablo VI, lo bendice con todos los honores.

Carlos Eymar, profesor del Instituto Universitario Gutiérrez Mellado (UNED)

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